lunes, 16 de marzo de 2015

La persistencia del ayer (a propósito de Labio de Liebre de Fabio Rubiano Orjuela)

Por: Nelson Zorro Gutiérrez

Una de mis reflexiones más frecuentes durante el 2015 está relacionada con el tiempo y el desencanto con el modelo lineal por medio del cual nos han enseñado a entenderlo. Cada día me convenzo más de que el pasado realmente no termina de pasar y de que el presente es simplemente una colcha tejida de recuerdos apenas afectada por las circunstancias del hoy. Por supuesto, este tema ha sido tratado en la literatura desde el modernismo (que yo sepa) y ha sido recurrente en las artes. Sin embargo, nunca antes le había prestado atención, y solo cuando comencé a dudar de la solidez de mi salud mental fue que lo tomé en serio. El primer campanazo que me puso a pensar más detenidamente sobre la persistencia del ayer en el hoy fue de naturaleza onírica. Muchas veces, en la soledad y la oscuridad de mi habitación, cierro los ojos y de repente ya no estoy en Bogotá, sino en mi  habitación de Madrid. Con la ausencia de luz, los recuerdos se hacen más sólidos, mucho menos etéreos, e imagino que de repente me puedo levantar y recorrer a ciegas el mismo espacio de mi habitación en la calle de Juan Pascual que me sé de memoria. Y aunque no sea una realidad tangible, estoy allí. No importa que, desde la objetividad más certera, mi cuerpo yazga sobre mi cama a este lado del Atlántico, no importa, algunas noches puedo cerrar los ojos y estar allá. Pero no solo ocurre que el viaje mental (sin ningún tipo de estímulo psicoactivo) se dé en términos geográficos, también sucede en una escala temporal, también viajo al ayer, tres años atrás para ser precisos, y soy más joven, más ingenuo, más esperanzado. El punto al que quiero llegar es que hay momentos de la vida que no simplemente pasan y ya. No. Quedan ahí, perenes, acompañándonos quién sabe hasta cuándo, como parte integral del hoy. Además, tampoco hay que ponernos psicoanalíticos para ver que somos el pasado. Basta con mirar la habitación para entender que todo lo que está allí es una conversación con el yo de momentos anteriores. A excepción de las imperceptibles motas de polvo que se posan sobre las repisas constantemente, todo en la habitación es el ayer: ese cuadro comprado en Granada, esa postal de la Feria del Libro, esas medias regaladas por la abuela, todo. Tal vez por eso es que en otras culturas, como la maya, y otras tantas que desconozco, hay una concepción del tiempo que rompe la linealidad, algunos lo ven cíclico, otros, regresivo, pero yo lo veo superpuesto. Lo veo como un collage de momentos que se acumulan unos sobre otros, que se afectan entre sí y generan una simultaneidad.

Ahora bien, hablando de arte, la conexión que uno establece con las obras es orgánica, y depende de cómo estén funcionando los químicos de nuestro cerebro para sentirlas como propias o dejarlas en esa inagotable pila de textos, películas, esculturas, series, entre otras, que se acumulan en nuestra indiferencia. La comprensión de una obra depende de los referentes de que uno disponga, pero la apreciación de ella depende desde nuestro estado de ánimo actual hasta de nuestro trauma infantil más íntimo. Al famoso cliché de “uno ve lo que quiere ver”, le haría la ligera modificación de “uno ve lo que puede ver, lo que alcanza a ver, lo que nuestras circunstancias nos dejan ver”. Y bueno, entre una cosita de este párrafo, y otra del anterior, ayer fui a ver Labio de Liebre en el Teatro Colón, obra que lleva en temporada desde el 5 de marzo y espero que dure mucho tiempo disponible para el público bogotano; y me parece que cala en lo más profundo del espectador, pues no solo le cuenta una historia, sino que la hace vivir; no solo se entiende, sino que se hace coger afecto. 

Según la sinopsis, el eje temático es la venganza y el perdón. Plantea el conflicto de un completo hijueputa (pensé decir “uribista”, pero me pareció una ofensa ya salida de tono) que en medio de su destierro debe enfrentarse con su pasado de victimario. En un primer nivel de lectura, se puede apreciar que Rubiano presenta una reflexión sobre el conflicto armado, la necesidad de una memoria histórica y el valor de pedir perdón (la venganza se resalta más en el sentido de que no aparece). Además de herramientas semióticas muy bien pensadas en la escenografía y en la interpretación de los personajes, la obra se vale del humor para mostrar situaciones crueles similares a las de nuestra realidad nacional, pues sucede en un universo ficcional y nunca se menciona la palabra "Colombia". Ese recurso del humor resulta mucho más contundente en la trasmisión del mensaje que el amarillismo lastimero al que estamos acostumbrados a ver los domingos en la noche. En los aspectos técnicos podría despacharme en elogios a propósito de la calidad y el profesionalismo del montaje; en cuanto a las actuaciones, también podría regarme en congratulaciones por la naturalidad y credibilidad de Rubiano, de Valencia y de Toukhmanian (y de todo el casting) en escena; podría hablar de la necesariedad de la obra en un país en el que gracias a tanta corrupción y podredumbre mediática nos olvidamos de todo lo que sigue presente en la carne de nuestros vecinos y familiares que se han visto afectados tanto por los que hacen de malos como por los que hacen de buenos; pero todo eso se lo dejo a los críticos especializados que sabrán expresar mucho mejor tantos aspectos para resaltar de esta obra que se ha de convertir en una de las referencias más representativas del teatro colombiano.

Por mi parte, yo solo me referiré a dos aspectos: en primer lugar debo agradecer a Rubiano y a su equipo por tomarse en serio el trabajo de ser un artista, porque sé que para lograr algo tan significativo como lo que vi ayer en las tablas, son necesarias horas interminables de esfuerzo y de voluntad. Le doy gracias porque es capaz de valerse de una realidad nuestra y transformarla en una experiencia estética llena de lecturas en muchos niveles, que al mismo tiempo dialoga con las grandes obras literarias y teatrales de la cultura occidental, y sobre todo porque no las mira de abajo hacia arriba, sino que conversa de tú a tú, un poco con el surrealismo, un poco con el realismo fantástico, un poco con el psicoanálisis de la culpa, otro tanto con Charles Dickens y hasta con Polanski. Le agradezco a Rubiano porque le da dignidad y valía al arte en Colombia y con su obra dice “esto somos nosotros, estos son nuestros conflictos, estas nuestras reflexiones y este es nuestro lugar en el mundo”.

El segundo aspecto que llama mucho la atención, a propósito del primer párrafo, es el manejo del tiempo en la obra. Lo presenta precisamente como esa superposición de momentos, que a pesar de que ocurrieron hace mucho, siguen ahí, no solo como una huella o una cicatriz, sino como el puñal que sigue atravesando la piel. El ayer no se va, y por el contrario alza su voz y grita “acá me quedo”, incluso después del perdón. Labio de liebre nos muestra de manera metafórica, a través de los sutiles cambios en la vegetación de la escenografía y de la naturaleza misma de los personajes, cómo el ayer persiste en el hoy hasta el punto en que son lo mismo. Nos dice que resulta más sano reconocer esa realidad que el simple hecho de pensar que con darle vuelta a la página ya todo se solucionará. Que el tiempo todo lo cura, dicen algunos, lo dudo; más bien, se acumula y nosotros con él.


Marzo 16 de 2015.

viernes, 21 de febrero de 2014

El rock and roll y la muerte

A Andrés.

Le pregunté a Martín si el rock and roll seguía vivo. Sin dudarlo, mientras el humo salía de su boca, me dijo que sí. Después de eso quedamos en silencio. No quise seguir la conversación, pues yo estaba esperando un no por respuesta y su afirmación me dejó como si me hubiesen regado cerveza fría por la nuca camisa abajo, sorprendido y molesto. Quería que buscáramos la fecha exacta en que había muerto, que determináramos sus últimos exponentes serios y que hiciéramos un brindis en su memoria. Pero su afirmación fue muy contundente. Mientras me tomaba un sorbo del pisco que había traído de Chile, lo miré tratando de entrar a su mente por sus ojos rojos perdidos en el atardecer. ¿Cómo putas iba a estar convencido ese güevón de que el rock and roll seguía vivo? ¿Acaso creía que aún se respiraba por las calles de Detroit o lo imaginaba palpitando en un garaje de Berlín? Y si sigue vivo, dónde está, le pregunté. Seguramente, dijo, usted no lo ve porque está disfrazado con traje de paño apolillado, corbata a rayas y zapatos negros, y además usa gafas culoebotella; se levanta a las cinco de la mañana para ir a dictarle clases de filosofía a una partida de pendejos que confunden a Sócrates con Aristóteles; almuerza pollo sin sal para no tener la tensión alta ni enfrentarse a los peligros del reumatismo causados por las carnes rojas. El rock and roll se volvió un pendejo que prefirió esclavizarse con las cuotas de un apartamento que nunca va terminar de pagar en vez de salir de fiesta, volverse loco por días y terminar en el borde del mundo con una resaca absoluta. Pero sigue vivo, esperando a que una noche todo deje de importar y tengamos las pelotas de ponerlo a todo volumen en su apartamento. Y pongamos a retumbar los vidrios del bloque haciendo que las viejas beatas que deben madrugar a misa se levanten angustiadas a llamar al administrador y a la policía. El rock and roll, callado y paciente, sigue esperando a que violemos esas guitarras olvidadas debajo las escaleras de la casa de mis papás hace quince años, y las hagamos chillar como si fueran gatas en celo en una noche de luna llena. Que cojamos esa batería y le demos con las baquetas a los platillos tan duro y con tanta fuerza como si le estuviéramos dando en la jeta al presidente de esta república bananera, y a todos los ministros, y a toda esa manada de politicuchos que nos imponen lo que debemos hacer. El rock and roll es usted Leonardo, dijo mientras prendía otro cigarrillo, y usted es quien lo está dejando morir.

Augusto Jamal 
21/02/14

domingo, 12 de enero de 2014

HOJA EN BLANCO

De nuevo aquí, tú y yo, hoja en blanco.
Hace unos años eras mi amiga, mi confidente.
Eras la esperanza de que sobre ti podría hacer algo importante.
Eras ese lugar secreto donde jugaba a maquillar mis desamores,
mis odios y mis deseos 
con personajillos débiles,
carentes de la carne que la literatura requiere.
Eras esa rutina de cada jueves en la mañana
a la que le dedicaba mi día entero 
creando ficciones ingenuas
e historias que ni siquiera yo me creía,
pero que tenían algo de cierto.
Eras ese lugar en donde no me daba miedo hablar de sexo y placer,
de lágrimas y de sangre.
Eras siempre una posibilidad,
siempre una oportunidad nueva de avanzar
paso a paso, cuento a cuento, crítica a crítica
por ese camino de las letras cultas.
Eras un refugio seguro.
Eras el medio para transformar mi historia personal
y convertir todas esas pulsiones bastas y groseras 
en algo medianamente estético.
Eras ese vacío que no resultaba tan difícil de llenar
porque yo tenía mucho que decir.

Quería decirle al mundo que el amor es como París,
que nunca es como uno se lo imagina,
pero que igualmente resulta maravilloso.
Quería decirle al mundo que los besos voladores 
a veces se extravían
y terminan en mejillas ajenas.
Quería decirle al mundo que a veces
 cuando uno ama a alguien
uno deja de amarse a sí mismo.
Quería gritar por todas partes
 que amar a un hombre es algo bello,
pero que también es bello oírlo de nuevo 
cuando ya todo ha acabado.
Me interesaba mostrarle al mundo 
que el mundo que me importaba,
que me dolían los pelados de Soacha que mataron,
que me afectaban los accidentes de buses 
que se caen por abismos
por el mal estado de las carreteras.
Quería criticar a tanto payaso
 que va por el mundo queriéndosela ganar fácil.
Quería mostrarles cuán frágil uno se vuelve 
cuando está aprendiendo a querer a otro
y cómo una simple mirada de desaprobación 
puede cagarse la alegría del mundo.
Quería, quería, quería…

Y en cierta forma lo hice,
pero mis letras no llegaron a suficientes ojos,
mis cuentos no llegaron a suficientes lectores,
y algunos cayeron en las manos
de quienes creían que me quería parecer a Coelho.
Debo confesarte,
hoja en blanco,
que no persistí,
que no intenté con mucho ímpetu publicar mis cuentos
porque al final no creí en ellos 
tanto como tal vez debí hacerlo.
Por eso te abandoné
y me fui a viajar por el mundo
con el pretexto de estudiar,
pero solo fue un pretexto.

Quise vivir,
quise pasar por encima de esa barrera
 que mis maestros señalaban 
cuando leían mis textos,
quise dejar de ser demasiado joven para las letras.
Y me monté en muchos aviones,
y tomé muchas fotos
y me enamoré de varios muchachos 
en distintas ciudades,
y quería ser ellos.
Quería ser ese que tomaba una siesta en una plaza de Toledo,
 y quise ser ese skater que hacía girar su patineta en Barcelona,
y quise ser ese tipo que leía en el Retiro,
ese hombre que fumaba viendo el mar de Oporto,
y ese joven que estaba tomando cerveza con sus amigos 
cierto atardecer brillante al lado del Sena…

Pero también quise ser ese colombiano
que vivía en Pueblo Nuevo,
que salía caminar por la Calle Princesa 
en primavera 
cuando se sentía solo,
que de repente se comía un kebab 
por la Gran vía,
o se iba a ver una película 
que lo decepcionaba 
por estar doblada en el español de España.

Y lo mejor es que lo fui,
por pocos meses,
pero lo fui hasta que tuve que volver 
a este país que extrañaba tanto,
 pero que ahora me llena de tristeza 
o más bien de desesperanza.

Y entonces comencé a trabajar
gracias a mi título obtenido en el extranjero,
porque mientras estuve sin él
duré nueve meses en el mercado laboral 
sin valer nada.
Y conocí gente,
cientos de estudiantes por semestre,
cientos de ensayos mal escritos,
miles de tildes corregidas,
millones de letras leídas inútilmente.
Y me cansé.

Y supe que no me puedo gastar mi vida
y mis ojos leyendo textos para calificarlos,
que no puedo dedicarme 
a llenar de dinero mi cuenta bancaria
solo para demostrar que lo puedo hacer.
Y descubrí que mi vida
 se estaba convirtiendo
 en un vacío constante,
en una rutina barata,
en un ejemplo social 
que se desmoronaba por dentro.


Por eso después de tres años vuelvo a ti,
hoja en blanco,
para tratar de volver a sentir 
que hago algo más que vivir,
 algo más que ser uno más
que va por ahí acumulando
como hormiga en otoño,
para tratar de darle algún sentido a esto,
 y si no lo logro,
aunque sea me vas a acompañar
a registrar mis fracasos.

Augusto Jamal
12/01/14

martes, 15 de mayo de 2012

Más que simples tuits

Hace tres años abrí mi cuenta en Twitter por pura curiosidad. Había escuchado sobre su existencia en los medios de comunicación en donde lo mostraban como una alternativa distinta a las redes sociales que reinaban en el momento, como Facebook, MySpace y el lamentable Hi5. De principio me costó aprenderlo a utilizar. No creía que fuera tan sencillo como simplemente hacer un post de 140 caracteres. Desconfiaba de su sencillez. Seguía solo a @Laura_Malicia los primeros días. Ella fue quien me convenció de entar allí para que ambos probáramos al mismo tiempo y ver de qué se trataba. Yo no sabía qué publicar, así que dejé uno que otro mensaje allí sin esperar mucho. Pero con el tiempo comencé a interactuar con más gente y noté que esta red social tenía algo único. Sus restricciones de espacio obligaban a la concreción de las ideas. Había que reacomodar las palabras para que cupieran en ese pequeño espacio. La expresión del pensamiento se debía hacer más aguda, era como sacarle punta con un tajalápiz a las ideas. Twitter me gustó. Desde entonces me he dedicado a observar qué implica Twitter para un usuario de internet que accede a esta página. He visto cómo se han distribuido virus, cómo el spam se reinventa día a día, cómo crean cuentas falsas para aumentar el número de seguidores de @NoticiasRCN. Vi cómo la señora @ensayista encontró allí una forma de subir su ego, sus shows, sus follows regalados y luego los cientos de unfollows que hacía en un solo día. Vi cómo las empresas creyeron que por medio de Twitter comenzarían a aumentar sus ingresos como por arte de magia. Vi personas que se rindieron al décimo tuit. Vi TTs racistas, vi cientos de famosos muertos y resucitados. Vi la twitcam del Chavo. Vi cientos de errores de ortografía. Discutí varias veces con las personas que no sabían usar la palabra “bizarro”. Vi cómo @JedCasbio logró hacer sentir su voz y su opinión y dejó de ser un simple estudiante anónimo de biología de la Nacho. Veo la labor de la señora @ismene2 que se autodenomina "mamerta" y se dedica a no olvidar los muertos que deja la guerra podrida de Colombia. He peleado con amigos que ya no son mis amigos. Con un follow llegué a la persona que amo en este momento y está conmigo a pesar de la distancia. He visto madurar las ideas y la expresión de mi hermano. Me he decepcionado de algunas personas y me he asombrado de otras. Vi cómo mi amigo después de tanto insistirle abrió una cuenta. Vi ideas, muchas ideas, muchas ingeniosas. Es una red que me ha sorprendido bastante, tanto como para hacer mi trabajo de investigación sobre Twitter para el máster. Ha habido días en que debo sentarme a leer miles y miles de tuits. Todos tan diferentes, muchos tan únicos, muchos tan plagios, muchos tan ácidos.

Pero hoy en medio de mi investigación llegué al TL de @Cloquis e inmediatamente me di cuenta de que no podría hacerle una lectura académica; hoy podría analizar cualquier cosa, menos ese TL. Leí sus tuits de los últimos dos meses y vi una historia que me conmovió bastante. Vi el día a día en una lucha perdida contra la muerte. Vi un sutil registro de la fe, de la esperanza y de la aceptación resignada de una realidad ineludible. Hoy me acerqué a la historia más íntima de una persona que no conozco, no sé cómo es, no sé qué haga en la vida, solo sé que su madre estuvo muy enferma y que, al parecer, por negligencia médica tuvo complicaciones que la llevaron hasta la muerte el 9 de mayo pasado. Vi cómo la vida, en una muestra de su irónico proceder, hizo que el día de la madre llegara apenas tres días después. La gente intenta consolar a esa mujer. Le da mensajes de ánimo, pero todos sabemos ninguna palabra alivia siquiera el dolor frente a esa pérdida. Para ella muchas cosas han perdido sentido y su mundo ha entrado en un estado de letargia. La melancolía, la nostalgia, el ayer, la melancolía, la nostalgia, el ayer. (Si ella algún día llega a leer este post, solo quiero decirle que lamento mucho su dolor, y que en parte, tan solo en una parte mínima, en una parte de 140 caracteres, he llegado a compartir su tristeza).

La conclusión más importante que logro encontrar es muy poco científica pero no menos relevante. Puede que los medios que usemos para comunicarnos sean virtuales, que seamos víctimas y victimarios de la posmodernidad más cruda, pero no por eso las emociones y los sentimientos que compartimos por medio de las redes son virtuales, irreales y falsos. Hay gente que subestima lo que ha logrado Twitter en cuanto a la forma de percibir a las demás personas. Piensan que nos hemos desensibilizado, que somos robots (bueno, no falta el pendejo estrenando BB que ni levanta la cabeza), pero no notan que estamos frente a una forma distinta de percibir la subjetividad, una forma que incluso nos acerca a gente que de otro modo no sabríamos que existe, a historias que de otro modo no calarían fuerte como ha logrado calar en mí ver la muerte rondar y lograr llevarse a alguien.

viernes, 4 de mayo de 2012

La camiseta Lacoste


Ayer cuando iba camino a casa, pasé por el frente de un escaparate donde se exhibían camisetas tipo polo de Lacoste. Se veían refinadas, sofisticadas. Los colores y el diseño me llamaron la atención. Con curiosidad me incliné un poco para ver el precio de una que me gustó en particular. 50€. Seguí mi camino pensando si valía la pena comprarla  porque bonita sí era. Tenía un diseño que se ajustaba para resaltar los pectorales y más abajo se ceñía al abdomen. Era una camiseta larga de tela gruesa y aunque era informal de alguna forma brindaba un aire de elegancia. Pensé que si evitaba comer en restaurantes y si ahorraba en las cosas de aseo consiguiéndolas un tanto más baratas, la podría comprar. Sonreí mientras cruzaba una calle. Me imaginé poniéndomela y viéndome al espejo, y fue entonces cuando se me quitó la cara de ponqué. Me visualicé metiendo barriga para que no se notara que no he estado muy pendiente de una alimentación sana y un ritmo de vida saludable. También noté que, aunque era de mi talla por el tamaño de mi espalda, me llegaba más abajo del culo. Me quedaba muy larga. Tampoco los colores se veían igual bajo la luz amarillenta del bombillo de mi habitación. Ya no estaban tan vivos; lo que se veía verde en la vitrina ahora tenía un tono opaco, más bien tristón. Caí en cuenta de que simplemente esa ropa no estaba hecha para mí. Está diseñada para hombres europeos, y ni siquiera para todos ellos, apenas para los que son altos, de hombros anchos y cintura trabajada, aquellos hombres de gimnasio y sonrisa encantadora, preferiblemente un tono piel blanco medio bronceado y, si se puede, preferiblemente de ojos verdes. En ellos esa camiseta se debía ver espectacular, asombrosa, magnífica; en cambio yo me vería disfrazado, me sentiría incómodo. Supe que esa situación tenía un valor de categoría. Era un síntoma más de un estilo de vida que tenemos naturalizado y en el que pocas veces reparamos a pensar. Por todas partes hay publicidad de modelitos perfectos, en cada valla, en cada comercial televisivo. Toda la ropa se ve bien en ellos, el shampoo resalta sus cabellos brillantes, los perfumes huelen diez veces mejor si ellos lo usan, y hasta las máquinas de afeitar estar diseñadas para sus caras siempre angulosas y nunca rollizas. En pocas palabras, nada de lo que venden está diseñado para mí, ni siquiera el agua embotellada, porque es para aquellos sedientos que están fatigados después de recorrer la playa de Malibú tres veces. La cerveza está hecha únicamente para los heterosexuales que desean beberla en compañía de chicas águila con tetas de silicona. Los chicles son para jóvenes de sonrisas blancas blancas y dientes perfectamente esculpidos, no para hombres de colmillos montados como yo.

Sí, es cierto, lo que digo no es nuevo. En el aire está desde hace mucho tiempo el desencanto frente a la sociedad de consumo. Sé que corro el riesgo de parecer un panfletario antisistema más, y sin embargo, aunque desde hace varias décadas se ha criticado el consumismo, lo cierto es que la sociedad no termina de rumiar, de digerir estas ideas. Hoy en día sigo conociendo personas que aun siendo muy cultas y admirablemente reflexivas siguen con un discurso de auto-reproche por no tener las medidas perfectas. Sigo viendo hombres que usan cosas que no les quedan bien solo porque son de marca. Sigo viendo jóvenes hambrientos por adoptar las nuevas modas que llegan desde el “primer mundo”.

En Colombia siempre miramos hacia afuera. Lo cual no está mal, de hecho es necesario. El inconveniente surge cuando se naturaliza la idea de que lo de afuera siempre será mejor, cuando se acoge todo lo de afuera sin ni siquiera adaptarlo a nuestras necesidades. Por eso es que se ve tanto ñero emo, tanto metacho traduciendo letras de canciones en google translator, tanto hincha del Barça creyéndose Messi cuando hace un gol en la cancha de micro del barrio Santafé. Usamos modas y productos más por inercia, porque sí. El problema es que al poco tiempo nos damos cuenta de que algo no funciona. La chica que se volvió gótica en Kennedy dos semanas después estaba bailando reguetón en la fiesta de su prima, el pelado en Suba se compró unos Converse que siempre que los usaba se le ampollaba el meñique, el colombiano morenito se cortó el cabello como un cantante inglés, pero siguió siendo morenito, a su pesar. Y cuando todo esto pasa, no se culpa a la moda o al producto, nos culpamos a nosotros mismos. Estamos viendo las cosas al revés. Pensamos que el cauce de los ríos fue trazado para pasar por debajo de los puentes, y no que los puentes fueron creados para pasar por encima del río. Preferimos sentirnos miserables porque la camisa Lacoste no nos queda buena, porque se me va a ver un gordito, porque no voy a lucir como el modelo de la valla en la parada del bus. Pero ¿quién se atreve a culpar a la marca, a la moda? Pocos en verdad, el resto prefiere seguir jugando el rol de ser un chango vestido de paño, la muñeca negra y gordita que venden en la 13 vestida de Barbie, el mestizo que juega a ser neonazi. Preferimos ser "otro" a las malas que asumir buscar una identidad que responda a nuestras verdaderas necesidades.

Hoy volví a pasar al frente del mismo escaparte. Preferí valorarme esta vez.

martes, 17 de abril de 2012

Visita a la cárcel


Cuando llegamos a la cárcel nos recibió una mujer muy amable. Era ella quien daba la orden de abrir las tres entradas de rejas para darnos paso. Nos dio la bienvenida y nos explicó cómo sería la visita. Veríamos primero la cafetería, luego las celdas y por último el patio donde pasaban el tiempo los presos. Antes de comenzar el recorrido, ella recibió una llamada que la dejó un poco preocupada. Nos avisó que tendríamos que acelerar la agenda, pues habían capturado a una pandilla completa. Ella debería recibirlos y ubicarlos en sus celdas. Su sonrisa ya no se veía tan natural como al principio.

Comenzamos a recorrer los pasillos de aquel lugar. Eran muy distintos a como me los imaginaba, pues estaban muy iluminados, con el techo alto y de ninguna manera estrechos. Las celdas no tenían rejas, sino unos ventanales gigantescos, vidrio del piso al techo. Había camas con colchones gruesos que invitaban al descanso. Se respiraba limpieza en el lugar. En unas celdas no había prisioneros sino unas gorilas hembras arrullando a bebés de cabello rubio, como si fuera un zoológico.

Por más agradable que pareciera el lugar, nunca me sentí cómodo del todo. Yo no estaba allí por voluntad propia. Era una actividad obligatoria de la fundación que me trajo a España. La gente nos miraba con muy poca simpatía. Yo prefería quedarme callado para que no se dieran cuenta de que era latino. Quería evitar problemas. De cierta manera, creía que ser libre e ir a ver el lugar donde viven los presos a manera de excursión era una ofensa para ellos.

Pasamos por una celda en la que estaba una gorila más, pero no tenía el bebé en sus brazos. La señora nos propuso, de una manera despreocupada, como si fuera algo normal y divertido, el juego de buscar al bebé. Nos dijo que nos montáramos en unos triciclos para poder encontrarlo más rápido. Abrió uno de los ventanales y entramos. Por dentro el lugar conducía a un laberinto. Me llamó la atención que todos íbamos juntos, girando por las mismas esquinas, mas yo quería encontrar al dichoso bebé y salir rápido de esa cárcel. No me interesaba permanecer más tiempo allí. Me separé del grupo y al poco tiempo encontré al bebé. Estaba gateando sin preocupaciones, como si conociera todo el mapa del laberinto. Lo monté en el triciclo y lo llevé a los brazos de la gorila. Al ver la alegría de ambos por estar juntos, me emocioné y sentí ternura. Estuve sentado contemplándolos por un largo rato. No obstante, la tranquilidad de la escena se rompió cuando se disparó una alarma estruendosa. Las puertas de todas las celdas se cerraron. Alguien gritaba por un altavoz que no nos preocupáramos, que intentarían controlar la situación y que permaneciéramos en “nuestras” celdas.  El niño comenzó a llorar, la gorila intentaba tranquilizarlo, pero por los pasillos había un gran revuelo, la gente gritaba, se oían disparos, los guardias corrían.

En la celda que yo estaba se cerraron los caminos del laberinto. Quedé en un espacio reducido. Encerrado me sentía un poco seguro, pero no podía dejar de pensar que me quedaría allí de por vida. Tal vez, por ser colombiano, nadie creería que yo era libre, que había venido solo a estudiar. Lo más probable era que creyeran que yo estaba ahí por problemas de narcotráfico. Ninguno de mis compañeros estaba a la vista. Me sentí abandonado, condenado. Miré por la ventana que daba hacia la calle. Había tres prostitutas, una de ellas se acercó, abrió la ventana y me mostró un cuchillo sangrado, me dijo que se lo guardara. Ahora sí que estaba jodido con eso en mi celda.

Escuché explosiones, disparos, golpes. Pero de repente, todo quedó en silencio por un minuto, apenas se escuchaba el ruido blanco de altavoz, como una radio sin sintonizar. Ya no había ni gorila ni bebé, solo yo escondido debajo de una cama mirando a través del ventanal hacia los pasillos. Vi los pies de los pandilleros llegar y detenerse allí afuera. Uno de ellos llevaba a la señora que nos abrió la puerta a la llegada. La traía esposada y la halaba del cabello. Él lanzo un grito diciendo: “Hoy todos se van morir, hijueputas, se van a morir. Nadie va a quedar para contarlo”. Otro pandillero sacó una jeringa de esas con las que inyectan a las vacas, llena de un líquido aguamarinoso y se la clavó en el cuello a la señora. Los dos últimos sonidos que escuché fueron el grito de ella y el ta-ta-ta-ta-ta-ta-tá de las ametralladoras. Supe que nunca saldría de allí con vida.

Lo que me inquieta es que, a pesar de no ser un relato real y ni siquiera verosímil, me lo creí completo y me afectó toda una mañana después de soñarlo. 

Nelson Zorro G.

jueves, 5 de abril de 2012

Así se tala un bosque quejumbroso

Llevo más de media hora pensando en adoptar un tono suave para criticar un texto que leí hace unos días. He intentado encontrar las palabras para no sonar agresivo porque de una u otra manera me interesa no herir la susceptibilidad del autor. Sin embargo también creo que si uno se atreve a escribir es porque quiere ser leído y recibir una retroalimentación franca, bien sea una felicitación o una mención de las cosas que no funcionan. No solo se pueden recibir con gusto las observaciones halagadoras, mucho menos aquellas que se limitan a un “me-gustó” fácil. En lo personal me importa más cuando señalan algo que no funciona, si cae en lo tedioso o en la falta de fluidez, a pesar de que por dentro me toquen algunas fibras. Pero es obvio que también me gusta cuando me reconocen una metáfora bien lograda o un final efectivo.

Cuando leo trato de buscar cuáles son los factores que me hacen gozar de un texto o rechazarlo. Tengo en cuenta distintos niveles, como lo sonoro, lo expresivo, lo significativo, lo temático, etc. Cuando todos ellos funcionan, disfrutar el texto es inevitable. Pero cuando algo falla todo se desacomoda. Es como ver una carpeta tejida con una parte deshilachada. A pesar de que el resto esté bien, esa puntica de lana no permite apreciarlo. Lo que está mal llama mucho más la atención.

El texto del que quiero hablar es el siguiente: http://llorarconcarcajadas.blogspot.com.es/2012/03/lamento-de-un-bosque-muerto.html. Cada vez que lo reviso intento buscar por qué no lo digiero. En una primera lectura lo rechacé de inmediato, como he hecho con este tipo de lecturas muchas veces. Sin embargo hoy prefiero arriesgarme a dar un concepto más arriesgado. Cabe aclarar que el nombre de este blog es Lectura Escribible siguiendo el ejemplo de Roland Barthes cuando en su obra S/Z propone que los lectores se adueñen de lo que leen y lo puedan compartir.

El título: Lamento de un bosque muerto.

Desde ya me predispongo a leer algo con tintes oscuros y un sentimentalismo exacerbado. Sé que un bosque muerto, es decir, una cantidad de palos secos van a gemir. Los palos secos están tristes. De principio no me causa mucho interés leer sobre los sentimientos melancólicos de unos maderos que siguen sembrados. Pero, le doy el beneficio de la duda y sigo leyendo. Siendo benevolente considero que se trata de una metáfora de los sentimientos del yo poético, si es que lo que viene es una poesía, o del narrador, si es que es un cuento corto. Aún no sé a qué tipo de texto me estoy enfrentando.

Párrafo 1: 
El agua se difumina con la niebla sobre el lago, tan profundo como la noche, y el resplandor de la luna hace brillar el vapor de agua como a una cortina plateada. Incontables sonidos se agitan en la noche, como una sinfonía de cascabeles mortecinos, las libélulas bailan su danza junto a las luciérnagas, el complot fúnebre acontece.

Voy a intentar decir lo mismo, solo que quitándole la rimbombancia en el lenguaje, que lo único que logra es hacer el texto muy denso. Por lo contrario de lo que se piensa, usar este tipo de lenguaje no embellece el texto, simplemente es como dispararle a la literatura con la escopeta creada por Homero Simpson en “modo ramera”. En vez de ayudar a crear imágenes nítidas, el efecto es el contrario, la lectura se frena en la sonoridad (que tampoco es la más elaborada en este caso) y lo visual se pierde. Mi versión es solo para tener las imágenes claras y limpiar lo percudidas que están las letras:

Hay un lago profundo, sobre él la niebla parece una cortina plateada gracias al brillo de la luna. Hay sonidos (no sé de qué son porque el autor se inventa esa cosa rara de “sinfonía de cascabeles mortecinos” que solo él entiende). Las libélulas bailan con luciérnagas. (Eso del “complot fúnebre acontece” es otro de esos juegos con el lenguaje que el autor usa solo por el hecho de que es sonoro, aunque realmente poco significativo).

Como se ve, en ese párrafo hay apenas tres imágenes. Todas ellas se pueden decir sencillamente, con pocas palabras, y además se pueden decir de mil formas conservando la estética. No obstante, la apuesta del autor es complicarlas sin necesidad. Siempre es más fácil hacer algo complicado para parecer interesante que hacer algo claro y seguir pareciendo interesante.

Párrafo 2: Un monzón invernal cubre el paisaje bajo sus sollozos, agita los cadáveres de naufragios ancestrales que jamás desaparecieron bajo el agua. Un bosque de ramas estrechamente abrazadas, cruje y gime de  vejez. Cada árbol, sembrado en lo mas profundo de la desesperación, se empeña en recoger las partes que el otoño le ha arrancado. Desde lo lejos puede contemplase el agitar agónico de la madera. Los arboles agachan sus ramas vinculadas a sus congéneres, e impedidos por la senilidad no logran obtener más que el lejano placer de dar una sutil caricia a sus tesoros amputados.

Ahora llega un viento que “agita los cadáveres de naufragios ancestrales que jamás desaparecieron bajo el agua”. Es decir, que en el lago hay pedazos de barcos viejísimos que siguen a flote. ¿Y por qué no se hunden? ¿Este mundo que me están describiendo tiene reglas sobrenaturales? ¿Por qué voy en el segundo párrafo y yo no sabía eso? Ya siento desconfianza del narrador. 

Volviendo a los árboles secos, ellos están sembrados en lo más profundo de la  desesperación. (Seguramente en la del lector). Ya van tres cosas muy profundas, la noche, el lago y la desesperación. Parece que muy rápido se le agotan los calificativos al autor. Luego los palos, que se supone que están muertos tienen un agitar agónico. Al fin qué, ¿están muertos o están agonizando? También se quieren agachar a recoger hojas, pero como están seniles y mutilados no pueden, no “logran obtener más que el lejano placer de dar una sutil caricia a sus tesoros amputados”. A estas alturas ya es claro que hay una devoción exagerada por los adjetivos. ¿Qué es un lejano placer para los palos secos? A mí se me ocurre que un lejano placer es algo así como cibersexo, y eso que no me convenzo del todo. Sutil caricia. Vaya redundancia, si no fuese sutil, simplemente no sería caricia.

Fácilmente puedo seguir haciendo este ejercicio con el resto de párrafos. Pero no quiero seguir dando vueltas sobre la misma clase de defectos, lenguaje reforzado, sensibilidad empalagosa, repetición del tema, palabras rebuscadas y demás. Al final no me cuenta una historia, es decir, no es narrativa. No hay una expresión poética precisa y cuidadosa, no es un poema. El texto termina siendo una sucesión de imágenes difíciles de captar en una sola leída. El autor casi que se limpia el culo con el lector, pues le vale cinco el tiempo que pierde tratando de encontrar algo en esa lectura. Frente a la intención de un autor de mostrarme imágenes sin sentido ni coherencia realmente es preferible ver un video en Youtube, o peor aun ver televisión. Es precisamente esta clase de textos los que hacen que leer sea un bodrio, que la gente no coja un poema y lo disfrute, porque creen que todo va por la misma onda. Escribir implica crearle una experiencia única al lector, una que no pueda encontrar en ninguna otra parte, que no sea reemplazable ni comparable. Escribir bien requiere que el otro se tome en cuenta. Escribir no es un simplemente un ejercicio de ego.

Esta publicación no tiene otra intención que la de pensar bien lo que vamos a escribir. Ser cuidadosos en la búsqueda del arte de la palabra. Al final no resulta siendo tan difícil si aprovechamos la poca sensatez y sentido común que nos queda.

NZG